S?bado, 19 de abril de 2008

Uno de los protagonistas de este relato se llamaba San Pedro de Montaño Salazar. Transcurría el año 1566 y por aquellas fechas algunos nombres eran así, San Pedro, San Juan... y, aunque la lista de nombres donde elegir era muy amplia, parece ser que les gustaban los que hoy nos resultan más raros, como Lope, Sancho, Ochoa. Esto en lo que respecta a los varones porque las hembras tenían peor suerte, a un noventa por cien se les adjudicaba el consabido de María. Lo cual se convertía en un verdadero problema cuando en una misma familia o vecindario todas respondían a un tiempo a una misma llamada; así que, para solucionarlo, se añadía un patronímico. Había María Sáez, María López, María Martínez... Otras veces la solución era más decorativa y se las llamaba María Flores, María Ramos... El buen hacer popular decidió que más práctico que aquellos nombres tan repetidos era asignar a cada uno un mote o sobrenombre y así aparecieron las María "gorda", María "picona", María "barbada", etc.

   Por cierto, nuestra protagonista femenina se llamaba doña María Flores de Montehermoso.

Ese "doña" -que en Barakaldo solían sustituirlo por un "andra"-, que María Flores llevaba delante del nombre no es gratuito, únicamente se daba a las mujeres de alcurnia, y doña María Flores lo era de pies a cabeza pues los Montellano eran una de las familias más antiguas y nobles de la Encartación de Bizkaia.

   Doña María Flores había contraído matrimonio con un vecino de Santa Juliana de Abanto llamado Diego de Salcedo de Gallarreta, nuestro tercer y último protagonista.

   El relato que sigue tal vez no sea más que un suceso de aquella época, pero para mí tiene el interés añadido de haber sucedido en el mismo lugar en que hoy se levanta el Instituto "Dolores Ibarruri", donde trabajo.

 

El caso es que en aquellos lejanos días de 1566 comenzó a extenderse la noticia de que los habitantes de Abanto estaban revueltos y quejosos por los muchos desmanes y desafueros que se cometían en aquella tierra. Habían aparecido en el lugar salteadores de caminos, ladrones de ganado, se cometían crímenes que la justicia no perseguía, se robaba iglesias, se forzaba a las mujeres y, siendo esto malo, lo peor de todo era que los vecinos no se atrevían a denunciarlo porque detrás de todos aquellos desmanes estaban los encargados de impartir la justicia, el alcalde y sus alguaciles. El alcalde era Diego de Salcedo de Gallarreta.

 

Hasta la villa de Portugalete llegó el eco de los alborotos. Allí había sido alcalde San Pedro de Montaño Salazar, con quien hemos iniciado esta historia, que era originario del vecino concejo de San Pedro de Abanto, el cual, alarmado por lo que le contaban, decidió indagar acerca de la veracidad de aquellos chismes. Los informes que reunió le animaron a denunciar al alcalde Diego de Salcedo ante el corregidor.

 

La relación de fechorías denunciadas era extensa, tanto que hay que resumirla. Mandaba a sus criados a quitar mineral de hierro de los montones que cada venatero depositaba el puerto de San Martín de Somorrostro para cargar en las gabarras y lo echaba en sus propios montones. Todos se daban cuenta y el robo resultaba burdo porque el color del mineral de unos montones y otros era diferente, pero, como digo, nadie se había atrevido a denunciarlo.

Otras veces, sirviéndose del cargo de juez, reunía a los más pobres del municipio y les exigía unos impuestos que de antemano sabía que no podrían pagar, y luego, a cambio de no enjuiciarles, les obligaba a trabajar gratis en sus heredades y veneras.

En ocasiones ordenaba que se abriesen caminos y cobraba por adelantado el gasto que supondrían las obras. Se guardaba el dinero y dejaba los caminos sin hacer.

Acusaba a la gente por cualquier motivo, aún por los más nimios, luego les llevaba a juicio y les seguía en diversas instancias hasta que los acusados, incapaces de mantener el gasto, se concertaban con él entregándole altas sumas de dinero porque les dejase en paz.

Para qué seguir.  La lectura de este relato nos dará cuenta de la verdadera magnitud de la catadura moral de este sujeto.

El caso es que la vida familiar de Diego de Salcedo mostraba de la misma manera que sus hechos cotidianos su bajo nivel ético y moral.  Él y doña María Flores de Montehermoso tenían tres hijos a los que Diego echó de casa en cuanto cumplieron los catorce años. Uno de ellos estaba preso en Burgos, acusado de robo, los otros mendigaban comida y cobijo por las casas de Abanto. Diego tenía en casa tres mujeres amancebadas -hoy diríamos "queridas" o algo parecido- y con ellas varios hijos e hijas de corta edad.




Ermita de Santa Juliana de Abanto, en Gallarta.


Doña María Flores, por supuesto, no veía con buenos ojos la relación de su marido con aquellas mujeres, pero era otra época y otras costumbres, las esposas debían obediencia al marido y resultaba demasiado difícil rebelarse contra él y contra aquella situación.

Quiso el destino, para desgracia de doña María Flores, que Diego se enamorase perdidamente de una nueva mujer, ya casada, llamada María de Achega, y aquella mente degenerada no encontró mejor remedio que eliminar a su propia mujer y tratar de descasar a la tal María para, después,  tomarla él en matrimonio. Ni corto ni perezoso puso manos a la obra.

Empezó a lo bruto. Añadiendo veneno a la comida de su mujer, pero esta lo vomitó y, prevenida, decidió no beber nada salvo el agua que ella misma acarreaba.

Habiendo comprobado que la solución no estaría en el veneno Diego buscó un método más lento pero no menos expeditivo para librarse de ella. La abofeteaba, golpeaba, pateaba, saltaba sobre ella. Cuesta pensar que fuese verdad lo que la acusación apuntaba: tenía predilección por saltar sobre sus pechos. Dicen que llegó a arrancarle el cabello y que ella se limitó a guardarlo en una bolsa que siempre llevaba colgada de su cintura, poco más podía hacer la desgraciada mujer.

Diego pudo comprobar que su mujer se resistía  a morir y pensó en dar una nueva vuelta de tuerca al proceso. Decidió encadenarla, encerrarla bajo llave y olvidarla.

A oídos de doña Catalina de Urrutia, madre de doña María Flores, llegaron rumores de la situación de su hija y envió algunos criados a casa del Salcedo para que se informasen de cuánto había de verdad en ellos. Diego les dejó hablar con su mujer, pero manteniéndola durante la conversación cerrada tras un cillero, sin que pudiesen verla, y ella, mientras tanto, bajo amenazas.

La visita de los criados causó nerviosismo en Diego de Salcedo, y pensó que aquello debía terminar, pero de una forma que no dejase huellas. Encadenó a su esposa y la cerró bajo llave en un baúl, para que muriese por asfixia. Dejó pasar varios días y cuando por fin creyó que habría muerto abrió el arca. Entonces ella se levantó gritando y "resudando ansias de muerte y pidiendo confesión a voces....". A sus aullidos acudió gente que la auxilió momentáneamente, pero al cabo la dejaron de nuevo en manos de su esposo.

Pasó el tiempo. Diego seguía intentando acabar con su esposa a golpes y ella, testaruda, se empeñaba en seguir con vida. Cierto día, cuando él había salido con el ganado fuera de su morada, doña María Flores se vio morir. Pero no quería hacerlo en aquella casa que odiaba, seguía con la cadena de hierro sujeta a su pie, pero recogiéndola en su regazo hizo un último esfuerzo. En la habitación donde estaba había varios muebles que juntó. Una cama, algún arca... y poniendo uno sobre otro escaló como pudo por ellos, arrancó algunas tejas del techo y comenzó a abrir un hueco. Pero las fuerzas la abandonaron cuando pretendió pasar su maltratado cuerpo por la pequeña brecha que consiguió abrir.

Presa del pánico arremetió contra la ventana, la desesperación debió multiplicar sus fuerzas porque consiguió romperla y saltar por ella. Luego salió huyendo de aquella casa, arrastrando su cadena, corriendo hacia las casas del barrio de La Moraza para pedir refugio. De repente, en medio de su ciega carrera, se dio de bruces con Inés de Abanto, una de las amantes de su esposo. Se agarró a ella y con angustia suplicó "Inés, Inés, Inés, arriba, arriba, no me prendáis". Inés se apiadó de ella "no ayades vos miedo que yo vos prenda", y siguió su camino como si no la hubiera visto.

Doña María Flores se veía salvada, bajaba la cuesta hacia Putxeta y se hallaba próxima a las primeras casas de aquel barrio cuando aminoró su carrera para tomar resuello. Por un momento volvió la vista atrás, tal vez para contemplar por última vez la que había sido su casa y cárcel. Y de pronto lo vio. Allí estaba él. Venía con una daga desenfundada en la mano, tras ella. Nunca permitiría que huyese con vida.

Pero las casas estaban ya demasiado cerca. Llamó a la puerta de Pedro de Achega "donde la valieron y escaparon de la muerte". Diego la buscó por las casas cuchillo en mano sin conseguir encontrarla. Luego, por fin, hubo de desistir.



Amanecer en Gallarta, en primer término la iglesia de Santa Juliana, y el inico de la cuesta que conduce a las casas de Putxeta.


Llevaron a doña María Flores de Montehermoso a casa de su madre, donde "murió muy maltratada a causa de los golpes y brebajes, echando mucha sangre por la boca, pues estaba reventada". La enterraron en San Miguel de Zalla.

Así acabaron los días de aquella pobre mujer. Don Diego de Salcedo logró descasar a María de Achega ante los provisores de Medina y la tuvo por manceba.

San Pedro de Montaño Salazar murió por causas naturales sin poder concluir el juicio que había iniciado contra Diego de Salcedo, el cual, a falta de acusadores, jamás fue juzgado.

Don Diego fue reelegido alcalde de Santa Juliana de Abanto. Hizo gran amistad con el corregidor de las Encartaciones y, valiéndose de ella, se dedicó a cometer muchas más tropelías, tantas que darían para escribir todo un tratado de golfería.

 

 

 

 

 

Goio Bañales




Publicado por negrodehumo @ 15:28  | PERSONAJES
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Publicado por Invitado
Martes, 20 de julio de 2010 | 23:21

Qué interesante! Menos mal que han cambiado las costumbres ! No me imagino al actual alcalde actuando así! Un abrazo