lunes, 30 de junio de 2008



Cuando hablamos de enseñanza femenina es importante que dejemos a un lado todo lo que hoy día entendemos como lo que debe ser una enseñanza que, en términos generales, considerásemos "completa". En el siglo XIX los distintos planes de instrucción, la sociedad en general y la mayor parte del profesorado, femenino o no, admitían sin mayores problemas que la enseñanza dirigida a la mujer debería incidir sobre todo en aquellos aspectos considerados "propios" de la mujer, reduciendo éstos a la Religión -que ocupaba varias asignaturas- y a las enseñanzas relacionadas con el hogar, como costura, labores o semejantes. Se trataba, por tanto, de una enseñanza limitada, distinta a la masculina y con enormes carencias.

Es evidente que con esta base la mujer no gozaba de un reconocimiento social que fuese mucho más allá de procurarle las alabanzas de quienes no veían en ella mas que el producto lógico de aquella educación. Una mujer depositaria de la tradición católica, trabajadora, correcta administradora de la casa, esposa fiel y madre adnegada, al tiempo que analfabeta en la ciencia, la técnica o el comercio.

Este modelo de mujer alcanzó su máxima expresión en las grandes benefactoras públicas como Rafaela de Ibarra o Casilda de Iturrizar[1]
-recientemente beatificada- pero que ya entraban en franca contradicción con la mujer que estaba surgiendo y con la que demandaban las capas más progesistas de la sociedad.

Algunas mujeres lograron ser reconocidas a título individual, cursando estudios superiores o desarrollando actividades que hasta entonces se habían considerado exclusivamente masculinas. Pero, aunque fueron pioneras y, en cierta forma, ejercieron de punta de lanza para romper esquemas pretéritos, no podían ser referencia válida, porque pertenecían a estratos sociales privilegiados, inalcanzables para el común de las mujeres. 

El gran cambio social, no llegó de estas aportaciones individuales sino de la mano de un colectivo, tal vez poco dinámico, lento en sus propuestas, pero con una constancia y unos deseos de mejorar sin límites. Se trata de las humildes maestras.

Un grupo de mujeres que desarrollaron un trabajo paciente y minucioso y de una calidad tal que dejó asombrados a sus contemporáneos. Sin alardes ni estridencias compartieron con sus colegas masculinos cátedras, publicaciones y foros. Fueron pioneras en la implantación de modelos escolares, plantearon nuevos postulados pedagógicos y, en fin, demostraron con su propio hacer que el papel que se venía concediendo a la mujer exigía un cambio radical. A ellas se debe, sin lugar a dudas, que para la mujer significase un cambio cultural sin precedentes lo que para el resto de la sociedad no fue mas que el paso del siglo XIX al XX.

 

En este artículo y en los que le seguirán, las maestras son el eje principal en el que confluyen todas las demás referencias, y seguiremos su periplo hasta concluir en la creación de la Escuela Normal de Maestras de Bilbao, momento en el que nos detendremos, a las puertas de otros años impresionantes, que lograron momentos espectaculares, justo antes de que la sublevación fascista nos devolviese a los años más oscuros.

 

 

El siglo XIX. Lo que estudiaban las niñas.

La enseñanza que se impartía en las escuelas públicas españolas y la pauta de lo que sería la enseñanza femenina en siglos posteriores, incluyendo la definición del papel que la sociedad designaba a la mujer en su vida adulta, vino recogida en una Real Cédula, de fecha 11 de Mayo de 1783, cuya aplicación se extendía a todas "las capitales, ciudades y villas populosas de estos Reynos".

El proyecto educativo descansaba sobre dos pilares: sobre un profundo conocimiento de la doctrina cristiana, cuyo fin último era hacer a la mujer depositaria de la Fe y la Religión[2]; y sobre la adquisición de habilidad en las labores de costura, llamadas "labores propias de su sexo", término que se repitirá hasta la saciedad en el futuro y que conjugaba perfectamente con la máxima romana aplicada a la mujer  "Domun mansit lanam fecit" (cuida de la casa e hila lana), poniendo en evidencia que en tantos siglos transcurridos el papel destinado a esta no había variado un ápice.

En el contenido de los estudios que debían impartírsele no deja de ser llamativo que ni siquiera era obligatorio que aprendiese a leer:

 "Lo primero que enseñárán las Maestras a las Niñas serán las Oraciones de la Iglesia, la Doctrina Cristiana por el método del catecismo, las máximas de pudor y de buenas costumbres; las obligará a que vayan limpias y aseadas a la Escuela, y se mantengan en ella con modestia y quietud.

Todo el tiempo que estén en la Escuela se han de ocupar en sus labores, cada una en la que la corresponda y la distribuya la Maestra, que deberá cuidar tanto del aprovechamiento, como de que unas no perturben a otras, y de que en todas se observe buen orden. Las labores que han de desempeñar han de ser las que se acostumbran, empezando por las más fáciles, como Faxa, Calceta, punto de Red, Dechado, Dobladillo, Costura, siguiendo después a coser más fino, bordar, hacer Encajes, y en otros ratos que acomodará la Maestra según su inteligencia, hacer Cofias o Redecillas, sus Borlas, bolsillos, sus diferentes puntos, cintas caseras de hilo, de hilaza de seda, Galón, Cinta de Cofias, y todo género de listonería, o aquella parte de estas labores que sea posible, o a que se inclinen respectivamente las Discípulas, cuidando la Ayudanta de una poción de ellas, que puedan ser las menos aprovechadas.

El principal objeto de estas Escuelas ha de ser la labor de manos; pero si alguna de las muchachas quisiese aprender a leer tendrá igualmente la Maestra obligación de enseñarlas
"[3].

Quedaba en manos de las maestras impartir estas tareas en clases de ocho horas diarias, cuatro por la mañana y otras cuatro por la tarde.

 


Niñas del Sagrado Corazón de Jesús, que hicieron la comunión en la capilla del colegio en 1917 (Biblioteca Foral)


En la lectura de los artículos que siguen, en los que nos hacemos eco de los aspectos más importantes de la educación femenina en Bizkaia en el siglo XIX y en los inicios del XX, es importante no perder de vista que los contenidos que acabamos de describir son los que se impartían en las escuelas primarias de niñas (prácticamente las únicas existentes en los pueblos de Bizkaia), y que a lo largo del tiempo no variarán de forma significativa.

Coincidiendo con el fin del curso académico se celebraban exposiciones con los mejores trabajos realizados en las escuelas por alumnas y alumnos. Eran muestras que gozaban de gran aceptación y asistencia de público, y a las que la prensa siempre destinaba grandes titulares. Pues bien, los trabajos presentados por las niñas eran siempre de costura o manualidades: chaquetillas, bordados... Tampoco había gran diferencia con enseñanzas superiores; la que se impartía en Artes y Oficios, en los cursos especiales para mujeres, no era sino una adecuación profesional de las asignaturas de "labores".

Incluso el examen que debía superarse para alcanzar el título de maestra consistía, únicamente, en presentar y acabar correctamente las mismas "labores" que luego enseñarían en las clases. Más tarde, cuando se crearon las Escuelas Superiores de Maestras, la asignatura "labores propias de su sexo", figuraba en los dos primeros años, y se ampliaba su contenido, incluyendo también, durante el primer año, "higiene y economía doméstica".

En cuanto a la religión, estaba tan asumido que la doctrina católica formase parte de la enseñanza que, se dieron casos como el ocurrido en Bilbao en 1903, cuando el ayuntamiento de esta villa creó las escuelas nocturnas para adultas y tropezó con la negativa de varias maestras a impartir las clases porque los planes de enseñanza no contemplaban la doctrina.

La religión en la enseñanza y en la vida cotidiana estaba tan asumida por la mujer, que cuando se crearon las primeras escuelas laicas -en las que no existían clases de religión- colisionaron no solo con el estamento eclesiástico, sino con las asociaciones de mujeres, cuya llamada a manifestarse en contra consiguió la mayor movilización femenina que hasta entonces se había conocido.

 

Este es a grandes rasgos el panorama en que se desenvuelve la enseñanza femenina en los años que siguen y que de forma más detenida se trata en los artículos siguientes.

 



"Pescadoras", óleo de Alberto Arrue (Museo de Bellas Artes de Bilbao)

 


El informe de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (Septiembre de 1781).


No precisa destacarse aquí la preocupación de la Real Sociedad Bascongada en favor de la enseñanza -plasmada, por ejemplo, en las Escuelas Patrióticas-, porque se manifestó reiteradamente y porque como ella misma admitía "la educación de la juventud ha de ser no solamente el objeto principal de la Sociedad, sino el único, hasta que difundidas las luces, llegue el feliz tiempo de aplicarlas con propiedad a los objetos particulares de nuestro Instituto...". Sin embargo, merece ser tomado en cuenta el informe que realizó la Junta en Septiembre de 1781, exponiendo que el modelo a seguir por las instituciones vascas en la educación femenina debía tomar como modelo el dos escuelas creadas por la emperatriz Catalina "la Grande" de Rusia: la "Comunidad de Señoritas" y las "Educandas Honradas". Se trataba de un ejemplo que, en el tiempo que se propone, resultaba realmente admirable porque, a pesar de que se mantienen como fundamentos irrenunciables la religión y las "labores", se agregan asignaturas de conocimientos que podían dar considerable juego siendo impartidas por profesorado competente.

Destacaba el informe los siguientes aspectos: "el plan de educación de las señoritas es para doce años, o quatro trienios, que empezando a correr desde los seis años de edad siguen hasta los diez y ocho. Las admisiones son trienales, a razón de cincuenta personas en cada una, de modo que quede el número fixo de doscientas". Las señoritas tenían cuatro clases, y en cada una de ellas un número proporcionado de inspectoras, maestras y criadas, como también asignación particular de estudios[4].  Las asignaturas impartidas eran: 1º. Catecismo y obligaciones de la religión. 2º. Lecturas morales escogidas. 3º. Lengua rusa y lenguas extranjeras. 4º. Aritmética. 5º. Diseño y miniatura. 6º. Baile. 7º. Música coral e instrumental. 8º. Labores de aguja, costura y bordado de todo género. 9º. Geografía e Historia. 10º. Ramos de economía. 11º. Un curso de literatura. 12º. Arquitectura y blasón. 13º. Curso alternativo de economía. 14º. Curso de física experimental. 15º. Economía doméstica.

En los dos establecimientos se cursaban idénticas asignaturas y se diferenciaban únicamente en que la Comunidad de Señoritas se dirigía a la nobleza, dando prioridad a las huérfanas de militares y las Educandas Honradas atendía las más desvalidas. Cada alumna de la primera institución llevaba una asignación de 198 pesos fuertes y en la segunda de 120;  en ambos casos costeada por la propia emperatriz. Al terminar sus estudios, cada alumna recibía 100 pesos fuertes de dote.  

No nos consta que el informe tuviese ningún tipo de aplicación pero -sirva como detalle anecdótico- si a las asignaturas mencionadas añadiésemos la de Pedagogía, resultaría un plan de estudios casi idéntico al que más tarde se implantó en las Escuelas Superiores de Maestras en España.




[1] El nuevo ideal social, integrando de manera activa a la mujer, se resumía perfectamente en la frase de Hinojosa, leída ante la Real Academia de las artes morales y políticas en Mayo de 1907, "La civilización de los pueblos puede medirse por la suma de independencia personal y de capacidad real que reconoce a la mujer".  recogida por Martínez Alcubilla, Marcelo. "Diccionario de la Administración Española". Pág.661 y 661 nota.

[2] "...fomentar con trascendencia a todo el Reino, la buena educación de las jóvenes en los rudimentos de la Fe Católica, en las reglas del bien obrar, en el exercicio de las virtudes y en las labores propias de su sexo, dirigiendo a las Niñas desde su infancia y en los primeros pasos de su inteligencia hasta que proporcionen para hacer progresos en las virtudes, en el manejo de sus casas y en las labores que les corresponden, como es la raiz fundamental de la conservación de la Religión, y el ramo que más interesa a la policía y gobierno económico del estado". A.F.B. Administrativo. J-13-19.

[3] A.F.B. Administrativo. J-13-19.

[4] La plantilla consistía en una "señora superiora", directora, 4 inspectoras, 12 maestras y 12 criadas, además del personal subalterno necesario.







GOIO BAÑALES






Publicado por negrodehumo @ 23:30  | MAESTRAS
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Comentarios
Publicado por Invitado
martes, 05 de enero de 2010 | 12:32
Enhorabuena, un artículo muy interesante. ¿Qué significa, en el apartado 3: A.F.B. Administrativo.J-13-19? Gracias.
Publicado por negrodehumo
martes, 05 de enero de 2010 | 14:35
Hola. Gracias por la nota.
El acrónimo A.F.B. se refiere al Archivo Foral de Bizkaia.

Goio.
Publicado por Invitado
domingo, 04 de marzo de 2012 | 13:33

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