Domingo, 21 de septiembre de 2008


No me cansaré de señalar a la maestra Adelina Méndez de la Torre como la mujer más preparada e influyente en el ámbito de la enseñanza en Bizkaia a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX, al unísono, claro, con la otra gran figura, María de Maeztu, de mayor proyección ya que trasciende nuestras fronteras. Con esto no pretendo desmerecer en absoluto a otras figuras punteras como Juliana Agirrezabala, María Cantero o Ana Molinero, por poner sólo unos ejemplos, pero la admiración que despierta Adelina cuando se profundiza un poco en su actividad profesional supera con creces, al menos en mi caso, a la que provocan sus compañeras.


No es casualidad, ni mucho menos, que el texto que hoy copiaré aquí, escrito por los más relevantes maestros y maestras de Bizkaia, entre los que se encontraban figuras de la talla de Manuel Tomé o Félix Serrano, viniese encabezado por la firma de Adelina, lo cual demuestra el enorme prestigio que contaba entre sus compañeros de profesión, totalmente opuesto al resquemor que despertaba en los medios oficiales.


El artículo que transcribo a continuación se refiere a algunos aspectos que preocupaban en la enseñanza de comienzos del siglo XX, y no deja de ser una muestra palpable de la inquietud que compartían los firmantes por los resultados de unos métodos que invitaban a cambiar, y comenzar a valorar y premiar de otra manera los resultados del alumnado, porque la realidad demostraba que, a pesar de que se obtuviesen altas calificaciones y considerables méritos académicos, no se conseguía que las aulas produjesen individuos aptos para liderar el progreso de Bizkaia.


El contenido del artículo es en cierta manera, salvando matices que pudieran hacerse obligados por el tiempo trascurrido,  perfectamente extrapolable a la Bizkaia de hoy, en la que seguimos premiando resultados académicos, como si nuestra meta como enseñantes fuese únicamente conseguir una nota en lugar de despertar inquietudes y actitudes favorables hacia el conocimiento. Generalmente olvidamos que el verdadero logro no debería ser otro que prender en nuestros alumnos y alumnas el deseo de saber, y que el premio que nos deberían pedir cada día consistiese "solamente" en saciar un poquito su necesidad de saber y conocer. Con ello se lograría, además de las altas calificaciones que tanto se persiguen, personas más completas y, a la larga, mejores profesionales en los campos que eligiesen, porque serían personas que avanzarían estimuladas por sí mismas y no por la competencia con sus compañeros o por premios mal entendidos, que les llevan, muchas veces, a elegir carreras que solo desean porque sus salidas profesionales están bien remuneradas, en lugar de elegir aquellas que les hiciesen felices.




"DE ENSEÑANZA


... después de los esfuerzos hechos por el Ayuntamiento y por el magisterio y una campaña laboriosa y empeñada, no podemos señalar todo el progreso, todo el esfuerzo que fuera de desear.

De nuestras escuelas no ha surgido juventud tan fuerte, tan reflexiva ni tan práctica como pudiera esperarse.

Ni el comercio, ni la industria, ni el arte, ni la ciencia han tropezado con seres ni lo suficientemente aptos ni lo suficientemente preparados para servir de base al progreso.

Y como esto, y no los chispazos oratorios de los exámenes anuales, son el resultado de la escuela, se puede afirmar que si no perdemos nos estacionamos mientras en otros puntos avanzan.

No corresponde toda la culpa al Ayuntamiento ni está en una sola mano su remedio, mas en el sentir de los expositores cabe una dirección más acertada en la marcha de los asuntos de enseñanza, a cuyo efecto la señalan, con el objeto de aunar los esfuerzos de todos a la consecución de la labor común del progreso.

Consideran -los firmantes- funesta la consignación de premios en metálico para los escolares, pues entienden que son contraproducentes en absoluto, en todos los terrenos, cualquiera que sea el aspecto en que se les considere.

Los premios y castigos materiales en la escuela obedecen a causas nimias y de ningún valor educativo.

Estas causas pueden reducirse a dos: "Educación moral" y "Mantenimiento del orden en clase".

El premio como el castigo, aparecen como la sanción de un acto, si bien no existiendo en él el concurso de la voluntad del niño, que obra mal por desconocimiento no por querer obrar así, solo se debe corregir la falta mediante el conocimiento de la falta y del deber.

En cuanto al premio material, despierta en el niño la envidia, al revés de lo que ocurre cuando el acto meritorio tiene por sanción única el propio aprecio y aplauso.

Prueba, añaden, de que no moralizan los premios es que a fin de curso hasta los más holgazanes los esperan.

Esta clase de premios fomentan la hipocresía y desvirtúan el carácter de los motivos del acto moral. La vanidad y acaso la utilidad obligan al hipócrita a representar un papel repugnante de que debe huir el educador.

La sanción interna, la de la propia conciencia, es la perfecta e infalible, juntamente con la externa, la de la opinión pública representada en la escuela por la opinión de maestros y discípulos.

En suma; solo debe castigarse y premiarse moralmente, esto último rara vez.

Las mismas madres estiman el premio más que por su cuantía por su importancia moral, hasta el punto de que muchas veces hacen un regalo al maestro de mucho más valor que el premio.

Además hay injusticia en los premios y castigos, pues los niños débiles, cretinos, anormales, los de familias descuidadas o de malas inclinaciones, están en condición desigual en relación con los robustos y normales y de familia moral.

Un hecho, por demás significativo, pudiéramos citar.

Al invitar al reparto de premios, la Junta provincial de Instrucción pública, decía: "Acudan los maestros al lado de sus respectivos niños, para que no se de el espectáculo de otros años". Advertencia que puede traducirse así: Vuestras escuelas responden al examen libresco, pero no moralizan, no forman individuos.

Esos niños que presentáis a premio deben ser niños que puedan ir solos a todas partes, testimoniando con su comportamiento la eficacia de nuestra acción.

Si al final casi de su estancia en la escuela, no sabe el niño guardar compostura, no se respeta ni respeta, no ve ni oye más que sus instintos ¿De qué le vale, por ejemplo, conjugar un verbo?

Y este hecho se repetirá mientras que el niño no tenga como finalidad de sus esfuerzos más que el premio material y la malsana vanidad satisfecha.

Y no solo debe pensarse en los niños premiados, sino también en el daño moral que se causa a los no premiados, pues la visión de la injusticia deja en ellos un rastro de desconfianza, engendradora, quizás, más tarde, de malos sentimientos.

Tampoco deben aceptarse los premios como medios disciplinarios, pues estos se fundan en la buena distribución del tiempo y del trabajo, en la variedad e interés de los ejercicios, y en la autoridad y prestigio del maestro sobre los niños y sus familias y otras varias causas.

A los partidarios de los premios y castigos materiales para asegurar el orden, conviene convencerles de que hay en la escuela algo que debe estar más ordenado, más disciplinado que la apariencia, y este algo son los espíritus de los allí reunidos. Si estos no responden a las indicaciones del suyo, no ha llegado a maestro, es todavía el pedagogo de quien ya Grecia se burlaba; es el ayo que todos deseamos ver desaparecer.

Un maestro premiando a un niño que es calladito y da bien las lecciones es un maestro que mata la espontaneidad del niño en la escuela, y, como ésta la debemos fomentar para conocerle y dirigirle, hace lo contrario de lo que debe, y además, empequeñece su personalidad, poniendo en evidencia su insignificancia, que hace necesario el regalito para conseguir de un discípulo el cumplimiento del deber.

Si no moralizan, si no son aliciente para la instrucción; si no fomentan la asistencia, puesto que no es raro ver a los soberbios desertar, por temor a quedar desairados; si no nos ayudan a obtener ningún beneficio, deber nuestro es decir todo esto al Excmo. Ayuntamiento para que se digne estudiarlo y resolver.

Firman la exposición, los maestros y maestras siguientes: doña Adelina Méndez de la Torre, don Aniceto Gil, don Manuel Peñín, don Santiago García Rivero, doña Victoria Lasala, doña Mercedes Saiz, don Julián Iturbe, don Victoriano Zabala, don Mariano López, don Miguel Sánchez, don Domingo Miranda, don Manuel Tomé y don Féliz Serrano."


 EL NOTICIERO BILBAINO.

5 de Junio de 1906.




Por la transcripción.

Goio Bañales.



Publicado por negrodehumo @ 17:17  | MAESTRAS
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