Jueves, 06 de noviembre de 2008




La maestra María Cantero escribió numerosos artículos en la prensa diaria de Bizkaia acerca de las Colonias escolares, que en aquel tiempo -comienzos del siglo XX- vivían sus primeros años y eran una experiencia nueva en lo que podríamos considerar también como primeros tiempos de la enseñanza moderna.

De la lectura que sigue se podrían conseguir muchas opiniones y conclusiones. No estará de más avisar de que eran otros tiempos y que, en el contexto de ellos, deberían juzgarse -qué palabra más fea- las propuestas e ideas de María Cantero. Al margen de estos matices, veo necesario subrayar el inmenso amor de María Cantero hacia sus alumnas que, con naturalidad, sin falsa afectación ni inmodestia, se desprende de lo que escribió.



"COLONIAS ESCOLARES.

Plan para su dirección.

Empresa es dirigir una colonia más difícil de lo que a primera vista parece. Si oímos a la vulgaridad de los maestros -que también entre maestros hay vulgaridades- para sujetar a los niños y niñas y pasearlos mucho, poca ciencia se precisa, y, sin embargo, el maestro enamorado de su profesión, el que vislumbre algo de la importancia que tiene el cargo que asume, ese encuentra dificultades, y necesita para allanarlas reflexión, estudio previo con designación del plan que va a seguir para que su gestión sea humanitaria y provechosa.

Esto decía yo, lectores míos, a una novel maestra, no hace muchos días, cuando me preguntó un si es o no es ofendida:

-vamos a ver, ¿Qué haría usted si la nombrasen nuevamente para dirigir una colonia escolar?

Y sin pretensiones de doctora ni deseos de aparentar conocimientos que, por desgracia para mi, no poseo, expuse mi parecer en estos términos, poco más o menos:

- Me limitaría la tarde de llegada a descansar, instalarnos, cenar y recoger a mis niñas temprano, cuidando de acompañarlas en la corta oración que precede a acostarse; las prodigaría mis cuidados, cubriéndolas amorosamente y dando un beso a cada una para que no deplorasen tanto la falta de sus madres y hacerlas comprender que yo iba a representar cerca de ellas el papel de tal.

A la mañana siguiente despertaría a las pequeñas dadas las seis y tras breve plegaria mandaría levantar las camas y abrir ventanas y balcones, dando ejemplo, por ser este el mejor incentivo. De seis y media a siete bajarían o subirían al cuarto de aseo y enseguida oiríamos misa en la iglesia del pueblo, procurando que a la salida arreglaran el dormitorio para almorzar a las ocho en punto. Después del desayuno y provistas de un buen pedazo de pan con su correspondiente tajadita de jamón, carne o chorizo, cada una, emprenderíamos la primera excursión y subiendo montes o bordeando valles, según la orografía del sitio de residencia, procuraría entretenerlas agradablemente, dando principio a la conversación familiar, prefiriendo en el primer paseo el relato de la historia del país, noticias del mar si estaba a la vista, o de las particularidades del pueblo.  A las diez y media daría orden de reforzar el estómago con el currusquillo conducido hasta allí y seguramente que todas hincarían el diente con sin igual placer.

Un poco de juego, organizado por mí, aprovechando los incidentes surgidos para hacerlas comprender con mis advertencias y consejos la necesidad que tenemos en la vida de ceder a la voluntad de los demás y no serles molestos ni usar impertinencias que desagraden a los otros.

Y de esta manera, transcurrida la mañana nos dispondríamos a regresar pausadamente a comer.

Una vez sentadas a la mesa les enseñaría a hacer uso de los útiles de la misma y vigilaría atenta para que ninguna se quedase con gana, prefiriendo para obsequiarlas a las más delicadas e inapetentes.

Reposarían libremente hasta las dos y media, y a esa hora, las reuniría para trabajar. Unos días repasarían los desperfectos de su ropita, y otros los dedicarían a fijar sus impresiones en un álbum ilustrado por mi con fotografías de los principales lances ocurridos.

En este álbum-recuerdo, del que cada una tendría un original, haría primeramente escribir los nombres de los generosos donantes que con sus dádivas han prestado cariñoso al par que lucrativo medio de mejorar y aumentar el número de niños favorecidos por la caridad para aliviar su mísero cuerpecito. Tengo noticas de que este año han de ser muchos los que contribuyan al mejoramiento de esta institución; pero por numerosos que sean, ninguno ha de ser olvidado, y todos los días, antes de comenzar el trabajo, la mejor lectora de la Colonia en alta voz iría repitiendo esos nombres para que sobre ellos caigan las bendiciones más estimables, las de los ángeles, y en cualquier tiempo y lugar les rindan las pequeñas agradecidas tributo de admiración y gratitud.

Además me parece de perlas que la prensa, como foco estimable de cultura y medio insustituible de difundirla y divulgarla, coadyuve al enaltecimiento de la institución, dándola un carácter de popularidad del que hoy apenas conserva leve tinte.

De aquí que, siguiendo esta norma impuesta a nuestros trabajos, volveríamos a insertar las crónicas escritas y comentarlas en el pintoresco lenguaje de nuestra infantil Colonia, no ya porque se muestren las faltas que cometan las pequeñas manejando la pluma, como maliciosamente se atribuyó a nuestra campaña anterior, sino para que, relatadas por ellas, tengan ese perfume de ingenuidad que se pierde en cuanto el director enmienda las faltas y los pensamientos fijados.


Niños en las colonias escolares de Sukarrieta; inicios del s. XX


Nos propusimos en aquellos tiempos popularizar la idea de las Colonias escolares y que no quedase individuo alguno que no se penetrara de su importancia y entendiera, por aquellos relatos sencillos, lo que una Colonia de vacaciones significa, y objeciones y suspicacias no fueron bastantes para hacer que se perdiera el fin que perseguíamos.

Y en efecto, como prueba de que aquellas cartitas eran leídas con el mayor gusto, recuerdo entre mil que pudiera citar un incidente que no pasó desapercibido para todos los que oyeron. Un señor, lamento no recordar su nombre, subió a nuestro coche cuando regresábamos a la villa y bien pronto se enteró que formábamos la colonia de Zalla. Una de las niñas se levantaba y sentaba tan a menudo que el señor, fijándose en ellas, dijo riendo:

- Tu eres Tomasa, la que perdió, saltando, el cangrejo que pescasteis en el Cadagua.  

Era la misma.

La multitud de detalles que nos daba después me demostró que aquel señor no había dejado un día de leer aquellos mal trazados renglones, para un pendolista o literato, gramático, etc; preciosos para un pensador y conocedor profundo de los niños. Por estas apreciables ventajas y con esta intención volverían los sueltecitos cotidianos a ocupar algo la opinión pública, y escogería precisamente esa hora de dos y media a cuatro para que los confeccionaran por turno, llegando solo por este medio a concluir la popular masa a concebir el fin altamente humanitario que tienen las Colonias y la vida agradable que se proporciona a los niños no contrariando el natural anhelo que tiene cada cual de reproducir las leyendas de los Robinsones suizos, habitando en medio de la naturaleza y admirándola libremente.

Y cuando las niñas tornaran a su hogar, fuertes, risueñas y felices, se apresurarían a mostrar a sus padres su álbum de recuerdos, y es seguro que buenos ratos de solaz pasarían, viendo fotografiados los distintos lances ocurridos a la Colonia. Hasta el hogar llegarían los destellos del beneficio otorgado al pobre jornalero en la persona de su hijo.

Con este plan tan sencillo, creemos que el maestro cumpliría muy bien su cometido, máximo cuando todos debemos ofrecernos a algo más que a sujetar a los niños a nuestras voces solamente.

No me doy con él, amables lectores, aires de Clarín con faldas, ni pretendo enseñar ni mortificar a mis ilustrados y queridos conprofesores; mi objeto al trazarle, y quizá bulla ya alguno inmejorable en la mente de los futuros directores y directoras de las próximas colonias, no es otro que el de conseguir cada día un grado más de perfección en el orden y resultado de las mismas, y que una vez terminado el cargo que voluntariamente eligió, no oigan de labios de todos sino plácemes, elogios y testimonios afectuosos.

María Cantero."


EL NOTICIERO BILBAINO

14 de junio de 1902.


Por la transcripción:

Goio Bañales.



Publicado por negrodehumo @ 19:32  | MAESTRAS
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