Lunes, 16 de febrero de 2009





Era allá por el año 1899 cuando la maestra Ana Molinero, que entonces llevaba cumplida justamente la mitad de los 44 años que dedicó a la educación de las niñas,  se encontró con uno de esos casos tristes, capaces de provocar preocupación y desasosiego en los corazones generosos, casos que hacen brotar las lágrimas a cualquier persona mínimamente sensible. Se trataba de un problema doloroso porque debía sufrirlo una niñita de escasos siete años de edad; una circunstancia que la maestra Molinero, sensible en grado máximo, era incapaz de dejar pasar como si nada ocurriese. La situación, que ella misma nos contará con una mezcla de angustia y ternura, es la historia real de  una de sus más pequeñas alumnas, hija de un matrimonio pobre de solemnidad, hasta el punto de que, por no tener, le faltaba hasta cama en que dormir.

Ana Molinero, que, en el escrito que sigue, expresaba sus dudas en la justicia de un Dios que permitía que existiesen enormes desigualdades entre las personas, y que, hallándose incapaz de hallar respuesta, terminaba por rendirse ante un determinismo social que justificaba la situación, hizo lo único que estaba en su mano: llamar la atención de la sociedad sobre la injusticia y pedir lo imposible. No consiguió, evidentemente, su propósito, pero al menos logró que una caritativa señora, animada por la carta de la maestra, procurase una cama a la pequeña María.


"LA HIJA DEL SERENO

Chiquitina, de ojitos penetrantes, de carita sonrosada y mirada escudriñadora, es una niña liliputiense, tan desarrollada de inteligencia como raquítico es su cuerpecito, pues a pesar de tener siete años, apenas representa cuatro. Su nombre es María.

A los pocos momentos de haber entrado en clase, mientras las demás niñas estudian, ella, reclinando la cabeza en el pupitre, se queda profundamente dormida.

Como esto se repitiera varios días, llamó nuestra atención y la interrogamos diciendo:

- ¿Qué haces por la noche que vienes tan desvelada?

- Porque mi padre es sereno -contestó la chiquitina-.

- Pero ¿Qué tiene que ver que tu padre sea sereno -insistimos, aunque empezamos a adivinar-, acaso vas con él a vigilar las calles?

- No señora; pero mi madre se tiene que levantar a las cuatro para hacer a mi padre el café.

- Bueno que se levante tu madre, pero eso no tiene nada que ver para que tu tengas sueño.

- Es que nos tenemos que levantar -dijo la niña vacilando- para que mi padre se acueste.

- Comprendo, pobrecita -díjele conmovida-; desde hoy te dejaré dormir todo lo que quieras, y después estudiarás tus lecciones.

Desde entonces, cuando se duerme acurrucada en un ángulo del portal de la escuela, esperando la hora de entrada, las niñas mayores, en quienes vemos con gusto despertarse los más bellos sentimientos, se despojan de sus toquillas y se afanan en abrigar a la chiquitina para que satisfaga de la manera más cómoda posible la imperiosa necesidad del sueño, tan necesario a la infancia. Y ved aquí por qué se la conoce en la escuela con el nombre de "la hija del sereno".

Mientras contemplamos su plácido sueño en medio del murmullo peculiar de la escuela, parecido en ciertas horas a una inmensa colmena, a qué tristes reflexiones se entrega nuestra mente haciéndonos exclamar con el poeta:

"¡Señor!, ¿Será verdad que dejas sin tu amor a esta pobre criatura?"

¿Es posible, nos decimos, que haya quienes no tienen lecho para reclinar su fatigado cuerpo, mientras otros nadan en la abundancia?

¿Es equitativo que los unos carezcan del alimento necesario para reparar sus fuerzas, y de abrigo con qué resguardarse de los rigores del tiempo, mientras gastan otros enormes sumas en cosas completamente inútiles?

Meditaba yo profundamente este problema, que a tantos desespera, y solo pude encontrar una respuesta. ¡La gran sabiduría del creador!

Cierto es que son tan necesarios los pobres como los días y las noches, como las llanuras y las montañas, como las fuentecillas y los mares. Todo está unido con eternos e inseparables lazos.

¿Sabio es Dios cuando determinó que el sol no nos alumbrase a todos a un tiempo! Suprimid las montañas, haced de nuestro globo un plano y resultará un pantano inhabitable; suprimid las fuentecillas y los mares se agotarían por evaporación; ésta produce el agua para las fuentecillas que, a su vez, con los arroyos y ríos, formados por ellass, son las arterias que llevan sus aguas al gran corazón de los mares, de donde volverán a salir, uniéndose y completándose de este modo lo grande con lo pequeño.

Pues bien; supongamos por un momento que todas las fortunas fuesen iguales y quedaría destruida la armonía social, rotos los eslabones de esa gran cadena construida por el Dios sabio. Nadie estaría supeditado a otro. ¿Quién ejercería las artes y las ciencias? ¿Quién construiría nuestras viviendas? ¿Quien construiría los aparatos necesarios a nuestras comodidades?

¡Confesemos, aunque racionalmente parece que a nuestra razón repugna, que todo lo que Dios hace está bien hecho! Es necesario para que el equilibrio social exista, que haya pobres y ricos, pues i los pequeños necesitan el apoyo y protección de los grandes, estos, quizá, no existirían sin aquellos.

Pero esta existencia de la necesidad de los pobres no autoriza a los ricos para que se encojan de hombros ante la desgracia que pueden remediar, para ver, impasibles, hermanos suyos, de cuerpos famélicos por falta de nutrición y vestidos de harapos, mientras que ellos no saben qué dar a su gastado paladar ni de qué adornar su cuerpo.

Gasten enhorabuena las clases sociales con arreglo a los medios con que cuentan, pues con eso darán ocupación a infinidad de artesanos; pero prescindan de algo de lo superfluo, para repartirlo entre sus hermanos. Superfluos son los adornos exagerados, superfluos los costosos juguetes; superfluos otros muchos gastos que no queremos puntualizar; un poco de buena voluntad y un poco más de sentimiento en el alma, y, sin sacrificio alguno, podrán socorrer al necesitado.

¡Cuántos "bebés" tienen lujosa e inútil cuna, mientras carecen de modesta camita niñas como las que nos ha movido a llamar la atención de algunas cariñosas madres!

Y ya que de caridad estamos hablando, allá va una idea, que deseamos tome cuerpo, y que el excelentísimo Ayuntamiento, secundado por las señoritas de la buena sociedad bilbaína, que siempre están dispuestas a asociarse a las grandes obras, se encarguen de darle forma.

Trátase de celebrar con esplendor las fiestas del centenario de nuestra villa; pues bien, si se desea hacer la fiesta simpática, si ha de participar algo el pueblo menesteroso, el pueblo que sufre, el pueblo que trabaja, ¿Que el mayor capítulo de sus gastos sea destinado a la caridad! ¡Que no haya aquel día gentes que no coman, maldiciendo de unas diversiones que no les es dado disfrutar! No se desdeñen las jóvenes bilbaínas de subir por las bohardillas provistas de ropas o dinero para calmar las penas del que sufre, porque una joven sin sentimiento es una flor sin perfume. Y cuando por la tarde aparezcan en sus carrozas, ataviadas, como ellas saben hacerlo, en vez de la envidia, y tal vez del encono, les seguirá por doquier la admiración y la gratitud, y parecerán doblemente bellas, rodeadas de la aureola de la caridad.

A. MOLINERO"



Por la transcripción:

Goio Bañales





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Publicado por negrodehumo @ 20:09  | MAESTRAS
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