Domingo, 14 de marzo de 2010



Hemos tenido ocasi?n de citar en entradas anteriores a Juli?n del Casal, uno de los m?s grandes poetas cubanos. Vamos ahora con otro escritor, tambi?n cubano y nieto de un emigrante de Barakaldo. Se trata, ni m?s ni menos, que de Jos? de Lezama Lima, el inmortal autor de Paradiso; uno de los m?s destacados escritores cubanos, lo cual es mucho decir en un pa?s que cuenta con autores de la talla de Mart?, Carpentier, Cabrera Infante y tantos otros genios. No me extender? lo m?s m?nimo en glosar su figura porque es un personaje mundialmente conocido, simplemente me limitar?, como en otros casos, a establecer su relaci?n con Somorrostro por medio de sus antepasados.

Jos? Mar?a Andr?s Fernando de Lezama Lima (1910-1976) naci? y muri? en La Habana. Fue hijo de Jos? Mar?a de Lezama y de Rosa de Lima y Rosado. De su ascendencia paterna, la originaria de Barakaldo, es de la que vamos a interesarnos aqu?.


Podemos establecer el origen de esta rama de los Lezama desde?

1. Juan de Lezama y Mar?a San Juan de Gorostiza, quienes fueron padres de:

2. Marcos de Lezama Gorostiza, que cas? con Mar?a de Alonsotegui y Zaballa, hija de Mart?n y Magdalena. Fueron padres de:

3. Mart?n de Ayalde Alonsotegui (Barakaldo, 1641), que contrajo matrimonio con Catalina de Ayalde Larrea, hija de Antonio y Catalina. Fueron padres, entre otros, de:

    4. Antonio de Lezama Ayalde, quien cas? con Mar?a de Escurra Berrotegui, hija de Mart?n y Antonia.? De este matrimonio naci?:

    5. Ascensio de Lezama y Escurra, que cas? con Joana Agustina de Vitoria y Gochi (Bilbao 1705), hija de Jos? de Vitoria y La Cabex y de Mar?a de Gochi y Landaeta. Fruto de este matrimonio fue:

    6. Manuel de Lezama y Vitoria (Barakaldo 1742), que cas? con Mar?a Manuela Ramona de la Torre y Tapia (Barakaldo 1737), hija de Diego de la Torre y Tapia y de Teresa de Tapia y Zorrosgoiti. Fueron padres de:

    7. Manuel de Lezama y la Torre, que contrajo matrimonio (Barakaldo 1803), con Mar?a Juliana de Arana y Chabarria (Barakaldo, 1786), hija de Mart?n de Arana y del Horno y de Mar?a Antonia de Chabarria y Casta?os. Fueron padres de:

    8. Jos? Mar?a de Lezama y Arana, que cas? (Barakaldo 1837), con Severina de Tapia y Urcullu (Barakaldo, 1813), hija de Juan Bautista de Tapia y Santurtun y de Josefa de Urcullu y Arteta. Fueron padres de:

    9. Jos? Mar?a de Lezama y Tapia (Barakaldo, 1845), quien como ya hemos apuntado pas? a Cuba, donde cas? con Elo?sa Rodda y M?ndez. De esta uni?n naci?:

    10. Jos? Mar?a de Lezama y Rodda, que fue ingeniero y teniente coronel de artiller?a. Cas? con Rosa de Lima y Rosado. Fueron padres de Rosa, Elo?sa y Jos? de Lezama Lima.

    ?


    Entre la obra po?tica de Lezama Lima, he elegido ?como no pod?a ser de otra manera- este poema que ?l, nieto de un emigrante de Barakaldo dedic? a su admirado Juli?n del Casal, hijo de un emigrante de Santurtzi.


    ODA A JULIAN DEL CASAL

    D?jenlo, verdeante, que se vuelva;
    permitidle que salga de la fiesta
    a la terraza donde est?n dormidos.
    A los dormidos los cuidar? quejoso,
    fij?ndose como se agrupa la ma?ana helada.
    La errante chispa de su verde errante,
    trazar? c?rculos frente a los dormidos
    de la terraza, la seda de su solapa
    escurre el agua repasada del trit?n
    y otro trit?n sobre su espalda en polvo.
    Dejadlo que se vuelva, mitad ciruelo
    y mitad pi?a laqueada por la frente.

    D?jenlo que acompa?e sin hablar,
    permitidle, blandamente, que se vuelva
    hacia el frutero donde est?n los osos
    con el plato de nieve, o el reno
    de la escriban?a, con su manilla de ?mbar
    por la espalda. Su tos alegre
    espolvorea la m?scara de combatientes japoneses.
    Dentro de un drag?n de hilos de oro,
    camina ligero con los pedidos de la lluvia,
    hasta la Concha de oro del Teatro Tac?n,
    donde r?gida la corista colocar?
    sus flores en el pico del cisne,
    como la mulata de los tres gritos en el vodevil
    y los neocl?sicos senos martillados por la pedanter?a de Clesinger. Todo pas?
    cuando ya fue pasado, pero tambi?n pas?
    la aurora con su punto de nieve.

    Si lo tocan, chirr?an sus arenas;
    si lo mueven, el arco iris rompe sus cenizas.
    Inm?vil en la brisa, sujetado
    por el brillo de las ara?as verdes.
    Es un vaho que se dobla en las ventanas.
    Trae la carta funeral del ?palo.
    Trae el pa?uelo de opop?nax
    y agua quejumbrosa a la visita
    sin sentarse apenas, con muchos
    qu?dese, qu?dese,
    que se acercan para llorar en su sonido
    como los sillones de mimbre de las ruinas del ingenio,
    en cuyas ruinas se qued? para siempre el ancla
    de su infantil chaqueta marinera.

    Pregunta y no espera la respuesta,
    lo tiran de la manga con trifoli?s de ceniza.
    Est?n fr?as las ornadas florecillas.
    Fr?as est?n sus manos que no acaban,
    aprieta las manos con sus manos fr?as.
    Sus manos no est?n fr?as, fr?o es el sudor
    que lo detiene en su visita a la corista.
    Le entrega las flores y el maniqu?
    se rompe en las baldosas rotas del acantilado.
    Sus manos fr?as avivan las ara?as ebrias,
    que van a deglutir el maniqu? playero.

    Haces despu?s de muerto
    las mismas iniciales, ahora
    en el mojado escudo de cobre de la noche,
    que comprobaban al tacto
    la trigue?ita de los doce a?os
    y el padre enloquecido colgado de un ?rbol.
    Sigues trazando c?rculos
    en torno a los que se pasean por la terraza,
    la chispa errante de tu errante verde.
    Todos sabemos ya que no era tuyo
    el falso terciopelo de la magia verde,
    los pasos contados sobre alfombras,
    la daga que divide las barajas,
    para unirlas de nuevo con tizne de cisnes.
    No era tampoco tuya la separaci?n,
    que la tribu de malvados te atribuye,
    entre el espejo y el lago.
    Eres el huevo de cristal,
    donde el amarillo est? reemplazado
    por el verde errante de tus ojos verdes.
    Invencionaste un color solemne,
    guardamos ese verde entre dos hojas.
    El verde de la muerte.

    Ninguna estrofa de Baudelaire,
    puede igualar el sonido de tu tos alegre.
    Podemos retocar,
    pero en definitiva lo que queda,
    es la forma en que hemos sido retocados.

    ?Por qui?n?
    Respondan la chispa errante de tus ojos verdes
    y el sonido de tu tos alegre.
    Los frascos de perfume que entreabriste,
    ahora te hacen salir de ellos como un hom?nculo,
    ente de imagen creado por la evaporaci?n,
    corteza del ?rbol donde Adonai
    huy? del jabal? para alcanzar
    la resurrecci?n de las estaciones.
    El fr?o de tus manos,
    es nuestra franja de la muerte,
    tiene la misma hilacha de la manga
    verde oro del disfraz para morir,
    es el fr?o de todas nuestras manos.
    A pesar del fr?o de nuestra inicial timidez
    y del sorprendido en nuestro miedo final,
    llevaste nuestra luci?rnaga verde al valle de Proserpina.

    La misi?n que te fue encomendada,
    descender a las profundidades con nuestra chispa verde,
    la quisiste cumplir de inmediato y por eso escribiste: ansias de aniquilarmes?lo siento.
    Pues todo poeta se apresura sin saberlo
    para cumplir las ?rdenes indescifrables de Adonai.
    Ahora ya sabemos el esplendor de esa sentencia tuya,
    quisiste llevar el verde de tus ojos verdes
    a la terraza de los dormidos invisibles.
    Por eso aqu? y all?, con los excavadores de la identidad,
    entre los rese?adores y los sombrosos,
    abres el quitasol de un inmenso, Eros.
    Nuestro escandaloso cari?o te persigue
    y por eso sonr?es entre los muertos.

    La muerte de Baudelaire, balbuceando
    incesantemente: Sagrado nombre, Sagrado nombre, tiene la misma calidad de tu muerte,
    pues habiendo vivido como un delf?n muerto de sue?o,
    alcanzaste a morir muerto de risa.
    Tu muerte pod?a haber influenciado a Baudelaire.
    Aquel que entre nosotros dijo:
    ansias de aniquilarme s?lo siento,
    fue tapado por la risa como una lava.
    Cuidado, sus manos pueden avivar
    la ara?a fr?a y el maniqu? de las coristas.
    Cuidado, ?l sigue oyendo como evapora
    la propia tierra maternal,
    comp?s para el espacio coralino.
    Su tos alegre sigue ordenando el ritmo
    de nuestra crecida vegetal,
    al extenderse dormido.

    Las formas en que utilizaste tus disfraces,
    hubieran logrado influenciar a Baudelaire.
    El espejo que uni? a la condesa de Fernandina
    con Napole?n Tercero, no te arranc?
    las mismas flores que le llevaste a la corista,
    pues all? viste el aleph negro en lo alto del surtidor.
    Cronista de la boda de Luna de Copas
    con la Sota de Bastos, tuviste que brindar
    con cbampagne gel? por los sudores fr?os
    de tu medianoche de agonizante.
    Los dormidos en la terraza,
    que t? tan s?lo los tocabas quejumbrosamente,
    escup?an sobre el taz?n que t? le llevabas a los cisnes.

    No respetaban que t? le hab?as encristalado la terraza
    y llevado el menguante de la liebre al espejo.
    Tus disfraces, como el almirante samurai,
    que tap? la escuadra enemiga con un abanico,
    o el monje que no sabe qu? espera en El Escorial,
    hubieran producido otro escalofr?o en Baudelaire.
    Sus sombr?os rasgu?os, exagramas chinos en tu sangre,
    se igualaban con la influencia que tu vida
    hubiera dejado en Baudelaire,
    como lograste alucinar al Sileno
    con ojos de sapo y diamante frontal.

    Los fantasmas resinosos, los gatos
    que dorm?an en el bolsillo de tu chaleco estrellado,
    se embriagaban con tus ojos verdes.
    Desde entonces, el mayor gato, el peligroso genuflexo,
    no ha vuelto a ser acariciado.
    Cuando el gato termine la madeja,
    le gustar? jugar con tu cerquillo,
    como las estr?as de la tortuga
    nos dan la hoja precisa de nuestro fin.
    Tu calidad cariciosa,
    que colocaba un sof? de mimbre en una estampa japonesa,
    el sof? volante, como los pa?os de fondo
    de los relatos hagiogr?ficos,
    que vino para ayudarte a morir.
    El mail coach con trompetas,
    acudido para despertar a los dormidos de la terraza,
    romp?a tu escaso sue?o en la madrugada,
    pues entre la medianoche y el despertar
    hac?as tus injertos de azalea con ara?a fr?a,
    que engendraban los sollozos de la Venus Anadyomena
    y el brazalete robado por el pico del alci?n.

    Sea maldito el que se equivoque y te quiera
    ofender, ri?ndose de tus disfraces
    o de lo que escribiste en La Caricatura,
    con tan buena suerte que nadie ha podido
    encontrar lo que escribiste para burlarte
    y poder comprar la m?scara japonesa.
    C?mo se deben haber re?do los ?ngeles,
    cuando saludabas estupefacto
    a la marquesa Polavieja, que avanzaba
    hacia ti para palmearte frente al espejo.
    Qu? horror, debes haber soltado un lagarto
    sobre la trifolia de una taza de t?.

    (Poemas no recogidos en libros, Poes?a Completa, 1970)

    Tomado de: http://www.cubaliteraria.cu/autor/lezama_lima/obras_poesia_05.html



    Las p?ginas en internet referentes a Lezama Lima se cuentan por miles, por tanto, cualquier interesado/a en profundizar un poco en supersona y en su obra puede hacerlo con facilidad, sin embargo, dejar? un par de enlaces, en los que puede leerse alguno de sus poemas:

    http://www.los-poetas.com/c/lima1.htm

    http://www.poemasde.net/poemas-de-jose-lezama-lima/

    Aqu? puede consultarse su biograf?a:

    http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Lezama_Lima

    ?

    ?Tendremos ocasi?n, en posteriores art?culos, de volver a referirnos a Lezama Lima.

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    Goio

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    ?

    Volver a p?gina de inicio.

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    Publicado por negrodehumo @ 2:57  | BERTSOAK eta POETAK
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