Jueves, 20 de octubre de 2011

   Hoy se ha presentado en Juntas Generales de Bizkaia el último libro que he escrito, dedicado al explorador Francisco de Garay.

   Hace muchos años que estaba trabajando en este proyecto, pero no acababa de concretarlo entre otras razones porque no estaba seguro de qué estructura era la más apropiada para narrar los años en América de Garay. Al principio pensé darle forma de novela, ya que las situaciones y vivencias del personaje, que recordaban en numerosas ocasiones a un guión cinematográfico, se ajustaban perfectamente a este género. Esta idea se contraponía con la de presentarlo en forma de ensayo histórico, que ha sido por la que finalmente me he decidido, al considerar que alguien que vivió acontecimientos tan fantásticos como los suyos no necesita en absoluto de retóricas ni puestas en escena que vayan más allá de la fuerza intrínseca de un relato riguroso.

   En fecha cercana se hará la presentación en la Casa de Juntas de Abellaneda, en Sopuerta, municipio del que era originario Francisco de Garay.

   Copio aquí la introducción al libro (sin incluir las notas a pie de página), cuyo principal propósito es recuperar la figura de este casi desconocido paisano nuestro.

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INTRODUCCIÓN.

   Francisco de Garay (Sopuerta, 1475 aprox. – México, 1523)  llegó a América en el año 1493, en el segundo viaje de Cristóbal Colón, posiblemente a bordo de la nao capitana de la armada, pues fue uno de los pajes que sirvieron al Almirante. En consecuencia, formó parte de la primera generación de personas que de forma continuada se estableció en aquellas tierras, llegando a destacar en los textos de los cronistas junto a un escogido grupo de compañeros de viaje, como Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Diego Velázquez o Juan Ponce de León. Incomprensiblemente, Francisco de Garay, quien en su tiempo sobresalió claramente sobre casi todos ellos, es hoy día, salvo para los investigadores especializados, un personaje prácticamente desconocido y se encuentra relegado por la historiografía moderna a un segundo plano entre los conquistadores de Indias. Esta situación resulta aún más desconcertante si consideramos que el recuerdo de Garay se ha preservado más en América del Norte, en Centroamérica y en el Caribe, donde aún subsisten referencias que mantienen viva la memoria de su paso por aquellas tierras, que en su país natal, donde nunca, o muy rara vez, se ha reparado en él y se ha olvidado por completo su origen en un pequeño rincón del País Vasco.

 

   No existe cronista de los primeros años del Descubrimiento que no contenga alguna mención a Francisco de Garay, ya sea en su faceta de gobernante, de explorador, de militar o de hacendado, incidiendo siempre en su participación en dos hechos cruciales en la historia de América: la exploración del Seno Mexicano, y el enfrentamiento y guerra que sostuvo con Hernán Cortés. Fácilmente hubiera podido inmortalizarse si el nombre de “Tierra de Garay”, con el que fue bautizado el inmenso territorio cuya gobernación le fue concedida por los Reyes Católicos, hubiese perdurado, animando así a más de un investigador a profundizar en el conocimiento de la persona a quien se debía aquella denominación. Sin embargo, una serie de causas relegaron a Garay a un rincón secundario de la historia, posición que no merecía porque, analizándolo objetivamente, merece ser uno de los principales protagonistas, pues como tal participó en los acontecimientos más destacables que en su tiempo tuvieron lugar en América. 

 

   No es descartable, en primera instancia, que el silencio que se cernió sobre Garay fuera interesado, no en vano su muerte y los acontecimientos que se vivieron en los días previos a esta -que causaron gran conmoción no solo en España sino en todas las cortes europeas- tuvieron como uno de sus principales protagonistas a Hernán Cortés, el futuro marqués del Valle, a quien se denunció públicamente de envenenar a Garay y de enviar contra él a sus aliados indios para que le hiciesen la guerra. Estos hechos, y otras acusaciones semejantes, jamás se esclarecieron totalmente, y el propio Cortés se encargó de tergiversarlos mediante las crónicas escritas por él mismo o por sus panegiristas, en tanto que los partidarios de Garay, aunque fueron muchos y muy poderosos, hubieron de callar ante el indisimulado desentendimiento de la monarquía y la pasividad de la justicia, que lejos de castigar a su protagonista  prefirieron premiarle, admitiendo sin ambages la rotunda victoria que Cortés y los suyos alcanzaron en sus propósitos de conquista y enriquecimiento, de los que la corona fue una de las mayores beneficiadas.

 

   En cualquier caso, más preocupante que aquel sospechoso silencio que se extendió sobre todo lo concerniente a Garay tras su muerte, fue el hecho de que, siendo un personaje cuyo protagonismo las crónicas no pueden eludir, su papel en los acontecimientos se nos presente, salvo contadas excepciones, sutilmente modificado, intentando alterar la realidad de la situación que le condujo a él a una muerte inesperada y al ejército que mandaba a sufrir una atroz carnicería a manos de los indios. En este sentido, resulta asombroso leer las declaraciones que realizaron testigos presenciales de los episodios que tuvieron a Garay como protagonista y comparar lo que estos dijeron con lo que escribieron Herrera, Gómara, Díaz del Castillo, y otros cronistas que les copiaron posteriormente, pues las versiones de unos y otros son totalmente contradictorias. Se trata de crónicas que ante acontecimientos que no podían ocultar optaron por desfigurarlos, puesto que, si en su momento ciertas actuaciones hubiesen sido más diligentemente juzgadas, fácilmente hubiesen podido llevar a Hernán Cortés ante la espada del verdugo. En consecuencia, ese papel secundario y torpe que se asignó a Garay -esperpéntico en algunos pasajes de Díaz del Castillo-, seguramente no invita a profundizar demasiado en su protagonismo en Indias y, por tanto, le aleja de las preferencias de los historiadores. Pero, si por un momento obviamos estas referencias y acudimos a las de otros coetáneos, como Pedro Mártir de Anglería o Bartolomé de Las Casas, y consultamos las fuentes originales, los documentos y las declaraciones de testigos, podremos asistir a un Garay diferente, comprobar su verdadera dimensión y el alcance de sus hazañas y, entonces, comprenderemos lo injusto que resulta omitir su protagonismo como se ha hecho en las más recientes revisiones de la historiografía de América.

 

   Cuando se investiga en la vida de Garay, en los sugerentes acontecimientos y circunstancias que la rodearon, se advierte, inmediatamente, que estamos ante un personaje que goza como muy pocos, de las claves que hacen universal a una figura histórica. Especialmente reseñable es la relación cercana que mantuvo con algunas de las personas más interesantes de su tiempo. Ya desde las primeras referencias documentales le encontramos formando parte del círculo más próximo de la familia Colón, lo cual debe resaltarse, porque el Almirante se mostró siempre extremadamente receloso con las personas y, por tanto, muy cauto eligiendo a las de su confianza. Se trata de una relación que desde el principio tuvo un carácter que fue más allá del meramente contractual, pues Colón mostró hacia Garay una especial predilección que le llevó a preocuparse personalmente de instruirle y, con el tiempo, nombrarle notario, en un momento tan delicado como el de la rebelión de Roldán. Más adelante, esta relación se tornó familiar, cuando Garay emparentó con los Colón por medio de su matrimonio con Ana Muñiz de Perestrello, sobrina del descubridor. Otra persona significativa en la vida de Garay fue el mismísimo monarca, Fernando el Católico, con quien estableció sociedad para crear en Jamaica una serie de granjas dedicadas al cultivo y a la cría de animales, con el objetivo de aprovisionar a las flotas que llegaban desde España al Nuevo Mundo y que permitió resolver el gravísimo problema de intendencia que se creó en los años inmediatamente posteriores al Descubrimiento. Esta sociedad se mostró tan eficiente –y necesaria- que los sucesores del soberano la mantuvieron vigente aún después de que Garay muriese. También debe resaltarse la relación de Garay con el aragonés Miguel Díaz de Aux, otro personaje injustamente tratado por la memoria histórica. Ambos habían llegado a América al mismo tiempo y, aunque sus caminos exigieron momentáneas separaciones, siempre culminaron en reencuentros amistosos que se vieron reforzados por las empresas comerciales que mantuvieron en común. Resulta curioso el paralelismo que se observa en muchas de las empresas que acometieron: Miguel Díaz emprendió en 1508, junto a Ponce de León, la conquista de San Juan de Puerto Rico y, poco después, Garay organizó una expedición con la que se lanzó a conquistar la isla de Guadalupe; aquel fue alguacil mayor de Puerto Rico y este lo fue de Santo Domingo; Aux fundó pueblos y villas como la de San Germán, también en Puerto Rico, y Garay fundó otras, como la de Santiago de la Vega, hoy día llamada Spanish Town, o la de Oristán, actualmente Bluefields, ambas en Jamaica. La relación entre Garay y Aux se mantuvo desde el momento en que ambos viajaron a América hasta el fin de sus días. No obstante, entre todos los personajes que rodearon a Garay es necesario destacar a Hernán Cortés, no solo por el enfrentamiento que ambos mantuvieron sino porque, al fin y a la postre, fue el causante de su desgracia y de su muerte. Cortés, sinónimo de ambición ciega y sin escrúpulos, sostuvo con Garay un duelo desigual, un enfrentamiento entre dos formas de entender el camino hacia el triunfo. Garay fue un hombre de negocios, un comerciante avispado con un don especial para convertir en dinero todo cuanto tocaba, pero, al mismo tiempo, como demostraría ampliamente con el fallido intento de conquistar la isla de Guadalupe y, posteriormente, con la derrota que sufrió en el territorio del Pánuco, carente casi por completo de dotes militares, y, aunque debió gozar de una indudable capacidad de convicción no tuvo, ni de lejos, el magnetismo personal que desplegaba Cortés. Si Garay llegó a tener dotes de liderazgo estas solo se manifestaron cuando se encontraba en su elemento, pero ante situaciones que no controlaba su capacidad decaía y le situaba muy lejos de ser un líder de masas. Su oponente, Cortés, era valiente, decidido, y también, como Garay, un hombre sagaz, un oportunista nato. Pero, al contrario que aquel, no tenía escrúpulos. Para Cortés la consecución de sus propósitos justificaba los métodos que pudiese emplear para conseguirlos, incluidos la mentira, la traición y el asesinato. Tenía un don especial para manipular las miserias humanas, le movía la ambición y sabía estimular esa misma fibra en el ánimo de quienes le acompañaban, arrastrándolos en sus aventuras con promesas de inmensas riquezas. Esta clara divergencia de caracteres y formas de obrar existente entre ambos protagonistas ya ha sido puesta de manifiesto por algunos historiadores.

   Definitivamente, el espectacular choque de personalidades que significó la lucha entre Garay y Cortés, supuso mucho más que una guerra entre dos generales y sus respectivos ejércitos; significó la forma en que se materializaría en el futuro la conquista y descubrimiento de América. El triunfo aplastante de Cortés, refrendado posteriormente por la corona española, fue, en consecuencia, la referencia válida, el origen y modelo que siguieron todos los alzamientos y traiciones que otros ambiciosos, siempre con menos fortuna, trataron de imitar en innumerables ocasiones.

 

   Al margen de la interacción histórica con personajes destacados, existen otras razones, tanto o más poderosas, que exigen la recuperación histórica de Garay. Sobre todas ellas destaca su labor como explorador y conquistador: obra suya fue la exploración y descubrimiento del Seno Mexicano, es decir, de toda la costa existente entre los actuales territorios de Alabama, Mississipi, Louisiana y Texas; y la constatación de que El Yucatán y La Florida no eran islas sino que formaban un todo con el continente. A Garay se deben los primeros intentos de crear poblaciones estables en el territorio del Pánuco, así como la creación de la mayor parte de los primeros asentamientos europeos en Jamaica y la fundación de las principales ciudades del sur de esta isla. También es obra de Garay un proyecto tan destacable como el intento de conquista de la isla de Guadalupe, aunque finalmente se saldase con un rotundo fracaso. Por si fuera poco, los cargos y responsabilidades que desempeñó le convierten en un referente necesario para la historia de los lugares en que los ejercía; fue, por ejemplo, alguacil mayor de Santo Domingo, teniente de gobernador de Jamaica y repartidor de indios de esta isla y gobernador y adelantado del Pánuco. Pocos de sus coetáneos, ciertamente, podrían presentar unas referencias semejantes. Como venimos manteniendo, es incomprensible que un personaje de esta dimensión no tenga hoy día mayor reconocimiento.

 

   Es posible que una de las razones -además de las que ya hemos apuntado- que más han contribuido a que Francisco de Garay no goce de popularidad es la de que, hasta la publicación de este ensayo, se desconociese su lugar de origen, exceptuando el hecho de que, por su apellido, siempre se le ha supuesto siempre natural del País Vasco. Por este motivo, al contrario que la mayor parte de los descubridores coetáneos,  ha carecido de un lugar que pudiera reivindicarlo como propio, y que al mismo tiempo, se encargarse de divulgar su persona y hechos. Como es natural, aunque las circunstancias en que se desarrolló de la vida de Garay fuesen lo suficientemente sugestivas como para ser historiadas, a cualquiera puede desanimar iniciar la biografía de un personaje confesando que se desconoce su lugar de nacimiento. Por el contrario, son multitud los historiadores que han utilizado a Garay como personaje secundario, ya que su presencia resulta ineludible en la narración de los acontecimientos acaecidos en los años en que vivió en América.

  

   Por lo que respecta a la personalidad de Garay, la documentación que hemos estudiado no permite hallar matices que nos conduzcan a suponer en él una conducta errática, antes bien, desde el principio se nos presenta con un propósito claro: el del enriquecimiento personal. A pesar de ello, el fin último de este deseo es mucho más complejo de lo que lo que pudiera parecer a simple vista, pues en Garay, la fortuna, una vez conseguida, se transforma en un medio que le permite cumplir otras ambiciones que son las que, a la postre, le acabarán dotando de esa proyección universal que nunca le daría algo tan prosaico como la riqueza. Garay fue un hombre renacentista, un burgués que triunfó y que, impulsado por las inercias de su época, cumplió un papel que encaja perfectamente en la definición que propone Joseph Pérez sobre el modelo de hombre y de pensamiento propios de aquella sociedad: “la mentalidad burguesa, podríamos definirla, no tanto como la codicia o la búsqueda del provecho, que se dan en todos los tiempos y en todas las sociedades, sino más bien como la búsqueda de un provecho siempre mayor, indefinido, la búsqueda de rentabilidad, la acumulación de beneficios que, en vez de gastarse inútilmente, se invierten en empresas más importantes que pueden aportar un desarrollo económico mayor y una mejor utilidad social”.  Esta definición se ajusta de tal manera a Garay que parece escrita pensando en él.

   Otro fin distinto -ligado igualmente al propósito de enriquecimiento, y complementario del anterior- es la persecución de reconocimiento y prestigio social, que en el País Vasco va ligado al apellido y a la casa solar, y que en Garay quedó perfectamente puesto de manifiesto en cuanto que pretendió –y logró- que el inmenso territorio cuya gobernación le fue concedida se nombrase “La Tierra de Garay”, lo que le permitía perpetuar el nombre de su linaje más allá de lo imaginable.

   Finalmente, no podemos dejar de mencionar como uno de los impulsos más fuertes entre los que movieron a Garay, y que nos permitirá comprender porqué en ocasiones actuó como lo hizo, el del afán de aventuras y, consecuentemente, la realización de nuevos descubrimientos, como los intentos que realizó de hallar un hipotético golfo o estrecho en Tierra Firme, que permitiese un camino directo al Cipango de las narraciones de Marco Polo. En cualquier caso no sería extraño que, después de haber servido como paje al mayor visionario de su tiempo, su espíritu se hallase contagiado por el de Colón.

 

   La vida de Francisco de Garay también tuvo sus sombras y aspectos negativos. Ni los logros que hemos citado, ni las metas que con ellos pretendía alcanzar, ni siquiera la simpatía que despierta su trágico fin, deben hacernos olvidar que Garay fue uno de los primeros y más significados “conquistadores” de Indias y, en consecuencia, su actuación con los indígenas más que criticable. Poseyó minas de oro y granjerías cuya mano de obra eran los indios que tenía en encomienda por lo que puede asegurarse que la base de su inmensa riqueza se sustentó en la explotación de aquellos. Especialmente deplorable fue el triste papel que jugó en la Junta que se celebró en Burgos en el año 1512 para redactar la ley de encomiendas, en la que intervino como informante y delegado de los colonos de Santo Domingo, acusando a los indios “de no saberse regir y que habían menester tutores”, y procurando que se ampliase la duración de las encomiendas por espacio de tres vidas en lugar de la de un solo encomendero. Razones como estas fueron las que llevaron a fray Bartolomé de Las Casas a señalar a Francisco de Garay entre los principales aniquiladores de los indios en su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”. Sin embargo, también es justo reseñarlo aquí, el mismo dominico no dudó en calificarlo, de forma escueta, como “persona honrada”, lo cual no es poco mérito si consideramos de quien provenía el elogio. Sabemos, por ejemplo, de su preocupación por evangelizar a los indios y por instruirles, mandando que todos los hijos de los caciques aprendiesen a leer y escribir. En cualquier caso, sin ningún ánimo de disculpa pero tratando de ser objetivos, no se debe perder de vista la realidad de la época y de las circunstancias en que Garay vivió, y lejos de considerar que su relación con los indígenas fuese especialmente cuidadosa y tratar de justificarla, si, al menos, esta cita nos invita a pensar que se movió en unos parámetros bastante más justos o más benévolos que los de sus contemporáneos.

 

   Para finalizar esta introducción, y como conclusión de todo lo expuesto, nos queda afirmar que el estudio de Francisco de Garay permite recuperar para nuestro País a un personaje que nunca debiera haber sido tan injustamente olvidado, al tiempo que abogamos por reivindicarlo como el PRIMER GRAN EXPLORADOR VASCO, cuya dimensión traspasa claramente nuestras fronteras y lo convierte en personaje universal, condición que, al mismo tiempo, nos debe servir para aprovecharlo como eslabón que nos permita profundizar en un mayor conocimiento y relación entre los dos mundos en que él vivió.



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goio bañales

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Publicado por negrodehumo @ 23:11  | PERSONAJES
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 20 de diciembre de 2012 | 12:29

¡Buenos días! Estoy haciendo un estudio de periodo de colonización española en Jamaica, como tal, me interesa la vida de Garay o cualquier otro dato que puedan aportar. Les agradezco la publicación de este artículo que es de alto interés para mi caso. Sara Fontana ([email protected]).

Publicado por negrodehumo
S?bado, 29 de diciembre de 2012 | 3:35

gracias por el comentario.

goio

Publicado por ana
Martes, 15 de marzo de 2016 | 19:15

muy lindo el articulo sigan subiendo informaciones buenas como esas