Domingo, 13 de noviembre de 2011

Seguimos con el tema de las brujas sin salir del marco geógrafico de Enkarterri. Ya he escrito con anterioridad en este blog acerca de las brujas de Portugalete y de las de Santurtzi, y ahora toca el turno a las de Balmaseda. El artículo lo escribí hace años, para uno de los capítulos del libro "La mujer en Bizkaia -Emakumea Bizkaian", que se publicó en el 2004. La forma en que está escrito, a modo de relato jocoso y satírico, no resta un ápice de verdad a lo que en realidad ocurrió, ya que todo cuanto se cuenta está basado en documentación de mediados del siglo XVI, existente en el Archivo Foral de Bizkaia.

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El proceso a las brujas de Balmaseda. (A modo de relato)

Dicen que las artes de la hechicería se transmiten de madres a hijas, siempre por línea materna; de forma que cuando en la Balmaseda de mediados del siglo XVI acusaron de brujería a Catalina de la Mailla todo el mundo recordó que María, su abuela materna, había sido apresada por los padres de la Santa Inquisición, y que la llevaron a Valladolid acusada de "bruxa, mega y xorguiña".

Posiblemente Catalina había aprendido algunos sortilegios de su abuela, por eso conocía ritos que, cuando se lo pedían sus convecinos, empleaba con los animales enfermos. Por ejemplo, si los puercos contraían la fiebre, pedía a sus dueños que le diesen medio celemín de trigo para pasarlo por la garganta de un lobo muerto y después dárselo a comer a los cerdos. De esta manera era seguro que sanaban.

Pero Catalina no se consideraba una bruja; muy al contrario. Temía y evitaba a las xorguiñas; pues aseguraba que en esta tierra había muchas que por las noches venían a comerla. Sin ir mas lejos, cuando vivía en Zalla, antes de que viniese a servir a Balmaseda, veía como sus hijos estaban más débiles que los de su vecina porque aquella -sorguiña claro está- se los comía por las noches.

Catalina hablaba de brujas, de posesiones, y formaba corrillos para cuchichear en voz baja de alguna parroquiana que formaba parte del tropel que devoraba sus entrañas. Hablaba mucho y muy mal de ellas, lo que le valió que la acusasen de parlera. Esto, lo de parlera testimoniera y maldiciente, le venía a Catalina por línea paterna, que un hermano de su padre había tenido, por mandato de la justicia, una mordaza en la lengua por parlero. Y aún decían muchos que lo de su familia era cuestión de casta, que entre hermanos, cuando no hallaban con quien tener "cuestiones" reñían los unos con los otros, y que en alguna de esas ocasiones, llegaron a descalabrarse y mancarse mutuamente.

 

Los más se limitaban a considerar que Catalina demostraba poco juicio y entendimiento, pero no eran pocos que los creían a pies juntillas los desvaríos de la pobre mujer y temblaban ante sus terribles presagios. En cierta ocasión contó a unos trabajadores cómo a ella, durante la noche, la habían llevado las brujas a un campo, fuera de la villa de Balmaseda, y que allí había visto como se congregaban multitud de mujeres. Y que los sábados todas ellas acudían al mercado, y que si no se hiciese justicia con ellas conseguirían perderlo todo y en dos o tres años no habría nada que comer "porque todo lo habrían de perder las dichas brujas".

 

Había aprendido a protegerse. Lo peor era conciliar el sueño. Hasta las doce permanecía despierta, teniendo consigo para defenderse un cuchillo y un asador. De media noche para abajo no había temor a las brujas.

 

Una noche dos hombres hicieron vela, sin ella saberlo, a la puerta de su cámara. Al día siguiente le preguntaron como le había ido y ella les respondió que la habían comido las brujas. Pero lo cierto era que ellos "no vieron que hubiese pasado ni sido tal".

Todo esto, con dar que pensar a los menos capacitados en este ejercicio, pasaba sin dar lugar a preocupaciones para la mayor parte de la población, que no veía en los cuentos de Catalina de la Mailla mas que las supersticiones de una mujer inculta. Sin embargo, pronto se demostró que cuando se da rienda suelta a las habladurías nadie queda a salvo de ellas, ni de que su buena fama pueda trastocarse y quedar expuesta a las acusaciones más inverosímiles.

 

Varias mujeres, el lumpen de la villa, tachadas unas de infamadoras, y otras de desperdiciadas, viciosas, alcahuetas y ladronas, otra de puta pública y la mayor parte de borrachas, decidieron acusar y llevar ante la justicia a otras varias que, aunque se contaban entre lo más selecto de la sociedad balmasedana, para aquellas no cabía duda de que eran brujas merecedoras de sufrir los castigos de la Inquisición.

 

Todas las acusadas debieron sufrir la afrenta de acudir ante el tribunal y presentar testigos que confirmasen su buena conducta. Francisca de Bolibar demostró, poniendo a varios curas por testigos, que acudía a misa las fiestas de guardar y aún que confesaba y comulgaba una vez al año, por la Cuaresma, y que daba buenas limosnas para misas. Y como ella Casilda de Valderrama, que gozaba de voz pública de buena cristiana; Pascuala de Arcentales, también buena cristiana; María Sáez de Pando, viuda de Ortiz de Matienzo, que tenía la suerte de que la casa de una de sus acusadoras -la puta- quedase frente a su ventana, con lo que pudo explayarse contando las idas y venidas de las mozas de Trasmiera y los hombres casados de Mena; Marina de Bidal, que tampoco era bruja; María de Orozko, alias María Domingo, viuda honrada aunque colérica, quien se vio obligada a confesar que, efectivamente, había dicho que su hijo Diego de Henales no era suyo y de su marido, "salvo del demonio", pero que lo había dicho en un momento de enojo, porque el mozo le había cogido mil reales y se negaba a devolverlos. Y también María Ortiz de Berriz, que también demostró ser buena cristiana y, como las anteriores, honrada e hijadalgo. Y María de Allende, hijadalgo por los cuatro costados, honrada y cristiana.

 

Así fue como Catalina de la Mailla dio con sus huesos en la cárcel pública de Balmaseda, acusada por quienes ella había acusado, que sacaron a la luz toda una serie de detalles sobre las vidas de unas y otras en un pleito que recoge con cierta amplitud algunos aspectos de la vida cotidiana de una villa bizkaina de mediados del siglo XVI, precisamente de aquellos aspectos que no suelen aparecer en los registros documentales más usuales.

Goio Bañales

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Publicado por negrodehumo @ 14:25  | ENKARTERRI
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