Martes, 24 de enero de 2012

Aguafuerte de Goya: Linda maestra.

Seguimos con el tema de las brujas.


En esta ocasión volvemos a referirnos a una persona acusada de brujería en la Bizkaia del siglo XVIII, con muchas cosas en común con otros casos que hemos comentado. La protagonista es nuevamente una mujer, que “conoce” ciertos remedios y ejerce como curandera o sanadora y que, cuando sus mejunjes no surten efecto, recurre a las artes adivinatorias para tratar de hallar una respuesta. Por este medio acaba deduciendo que la falta de resultado de sus métodos se debe a que sus pacientes se hallan bajo algún malefio o brujería practicado por alguien cercano. Finalmente actúa contra la supuesta bruja aplicando diversos métodos, como pócimas u otros por el estilo. En resumen, se repite el mismo guión que con anterioridad vimos reflejado en “la bruja de Cabiezes”.


En realidad los casos registrados sobre brujería en Bizkaia son relativamente abundantes solamente por el hecho de que los fiscales encargados de tramitarlos calificaban de brujería casi todo lo que les resultaba extraño, cuando en realidad se trata de simples curanderos/as que recurren a la adivinación y que acaban siendo juzgados por el mismo delito que pretendían combatir. Es decir, nada que ver con el caso de Catalina de la Mailla, en la Balmaseda del XVI,  –también comentado aquí- en el que la pobre mujer pensaba que estaba realmente poseída.


Otra constante, como veremos a continuación, es la inmensa credulidad de la gente, que acudía en masa a estas curanderas.


La protagonista se llama María Antonia de Carrica Ybarguen, nacida en Mundaka en 1742. La historia que la llevó a la cárcel bajo la acusación de ejercer la medicina sin licencia y practicar la brujería comienza en el año 1787, en Bilbao, cuando despertó el recelo de varias personas que la vieron vagando por las calles “sin oficio ni ejercicio alguno” . Dado que se había producido algún robo en la calle de la Cendeja, por donde ella solía andar, la acusaron como posible autora ante Jose María de Gazitua, alcalde de la villa, quien, como medida preventiva, la hizo conducir a la cárcel pública. El caso es que, mientras se hallaba presa, a la espera de que se tomara su declaración, se presentaron unos alguaciles de Amorebieta, quienes andaban tras su pista para detenerla por ciertos problemas que allí había tenido, de los que ella trataba de poner tierra de por medio.


María Antonia confesó que hacía  bastante tiempo que su marido se hallaba ausente en la navegación, y mientras tanto ella se buscaba la vida empleándose en mil quehaceres. Habían pasado unos cuatro meses desde que el camino le llevó a Amorebieta, a casa de Joseph de Jauregi, quien se hallaba enfermo o “indispuesto”. María Antonia, que era conocedora de algunos remedios, se ofreció a ayudarle asegurándole que “lo que le diese” pronto obraría algún efecto si se sujetaba a tomarlo de la manera que se le indicase. Algunos de quienes la acusaban añadían que fingía “que tenía ciencia particular”.


Durante unos días María Antonia se mantuvo en la casa de Jauregi, tratando a su paciente y, entre tanto, la noticia de que había allí una sanadora se fue extendiendo. Pronto empezaron a acudir gentes de todas partes solicitando sus servicios y ella, al parecer sin reparo alguno, “decía a unos que sus males procedían de enfermedades naturales, y a otros que provenían de hechizos y maleficios de brujas, prescribiendo respectivamente los remedios que habían de tomar, repartiéndoles ahas, cutunac y otras drogas...”.


La fama de María Antonia crecía de día en día, pero su paciente principal, Joseph de Jauregi, seguía sin mejorar.


Lo ocurrido a partir de entonces recuerda punto por punto el caso de María Ignacia, la bruja de Cabiezes, pues, como aquella, María Antonia decidió recurrir a la adivinación y, también ella, dedujo que en la enfermedad de Joseph intervenían hechizos y maleficios de brujas.  No tardó en señalar como culpable a una pobre anciana, llamada Josefa de Isasi, a la que acusó de ser perjudicial y hechicera, y la causante de todos los males de Joseph.


En esta ocasión los alguaciles andivieron prestos, y en cuanto las barbaridades que hacía y contaba María Antonia llegaron a sus oidos la detuvieron y colocaron en el cepo.
María Antonia escapó de Amorebieta en cuanto pudo y trató de pasar desapercibida en las calles de la “populosa” Bilbao, pero, como sabemos, no tardaron en dar con ella.


Desconozco cómo acabó el proceso, aunque lo más probable es que, como en casos semejantes, la justicia se limitase a ponerle una multa e impedirle que se acercara a Amorebieta durante un tiempo.


Como se ve, la historia de María Antonia de Carrica es muy sencilla. Por no tener no tiene ni siquiera moraleja. Me llama la atención por repetida y porque pone de manifiesto una situación que debió ser muy común en Bizkaia durante esos años, en el lapso entre los siglos XVIII y XIX.  Está claro que el siglo de las luces había pasado por muchas de nuestras comarcas sin apenas dejarse ver.

Goio

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Publicado por negrodehumo @ 23:26  | BIZKAIKO KONTAERAK
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