Martes, 03 de abril de 2012

En la segunda mitad del XVIII la posibilidad de disponer de una vivienda en Portugalete era todo un lujo. Buena parte de la propiedad se hallaba en manos de unos pocos elegidos que habitualmente no tenían su residencia principal en la villa  -incluso había quienes ni siquiera vivían en Bizkaia- y se valían de un administrador que se encargaba de poner en renta sus propiedades. El resto, es decir, la mayor parte del vecindario, eran renteros que pagaban elevadas sumas por “salas” de viviendas y tiendas cuyas condiciones no eran capaces de sostener la comparación con el precio que se pedía por ellas. Algunas casas del casco urbano no se habían remozado desde el día en que se construyeron, buena parte de ellas no disponía de chimenea para que saliesen los humos, otras se habían dejado caer por abandono y un número considerable amenazaba ruina. En este estado de cosas eran frecuentes los bandos municipales exigiendo la reparación de las fachadas para evitar accidentes por los elementos que a veces se desprendían de ellas, así como disposiciones llamando al orden por cuestiones de higiene y habitabilidad.

En realidad, en aquel tiempo la población estable no era excesivamente elevada, contabilizándose en torno a las 600 almas, pero tratándose de un puerto de mar muy frecuentado había necesidad de alojamiento para el crecido número de visitantes ocasionales, que posiblemente igualaría al de los fijos e incluso lo sobrepasaba en momentos puntuales, siendo esta la causa principal de la fuerte demanda de vivienda y de que los precios de las rentas fuesen tan abusivos.

La situación no pasaba desapercibida para el Ayuntamiento portugalujo, que se planteó buscar alguna solución para paliar el problema en la medida de lo posible. De esta manera, en sesión que se celebró el 21 de febrero de 1762, se acordó que por propia iniciativa y costeada por la misma villa, se procediese a la construcción de una nueva casa que se situaría “en el extremo de el Solar que arrima a la calle de Santa María”. Entendían los regidores que los beneficios que este edificio aportaría a la villa estaban fuera de toda duda pues al tiempo que se hacía frente al problema de la vivienda se conseguirían otros efectos indirectos, como servir “para el abrigo y recojimiento que han de tener los marineros debajo de la misma casa” (en clara referencia al “tejadillo” inferior), y también por “lo que han de suzeder las rentas que ha de produzir”, que lógicamante, repercutirían a la larga en beneficio de las maltrechas arcas municipales. Así pues, de común acuerdo “resolbieron que sin perder tiempo se prozeda a la execuzión de la zitada hobra, sacándola a público remate prezedida fijazión de edictos en esta villa y otros lugares donde hubiere maestros de hobras...”.

Esta casa es la que más tarde sería conocida como la “casa de los arcos”, por ser este el elemento más característico de su construcción.

Según parece, en un primer momento no hubo quien pujase para hacerse cargo de realizar la obra de modo que en marzo del mismo año se otorgó directamente su ejecución al maestro de obras Mateo de Arrospide, vecino de Portugalete. Sin embargo, cabe la posibilidad de que ni siquiera llegase a intervenir y que la falta de ofertas se remediase de alguna manera, porque un nuevo decreto, fechado en 4 de julio de 1762, refiere que el maestro cantero Joseph de Sasia se haría cargo de ella por haber resultado el mejor postor con la suma de 54.000 reales de vellón.

La ejecución de la obra no estuvo exenta de complicaciones pues el lugar en que se pretendía levantar la casa lindaba con propiedades del “preboste mayor”, Francisco Antonio de Salazar, quien “pretendía derecho al suelo en donde la citada casa se está erigiendo”. Salazar sostenía su denuncia en que el solar debió deslindarse antes de empezar los trabajos y porque privaba la vista a una ventana donde él habitaba “y no poderlo impedir por seguir dicha obra a la calle de Santa María”. La villa, por contra, sustentaba su propósito en “la posesión inmemorial en que se halla esta villa de poder fabricar en suelos vacíos”. A pesar de la denuncia interpuesta la obra no se interrumpió, y ya en el mismo año se cita como “casa de planta nueba que de cuenta y horden de dicha villa se está executando junto a la Ribera y al vn extremo de el Solar, confinante a la calle de Santa María de ella”. También se repiten las ventajas que tendría su fabricación para “los marineros y demás en el patio debajo de la dicha casa”.

Por el ayuntamiento de 11 de marzo de 1766 sabemos que la denominada “Casanueba que ha esta dicha villa perteneze en el extremo de el Solar y Ribera” cumplía el cometido para el que fue levantada, y que se arrendaba con sus “abitaziones, tiendas y entresuelos”. Otra referencia correspondiente al año 1774 informa que los alquileres se contrataban por el mes de junio y con duración de dos años y medio.

 

A finales de marzo del año 1799 la casa de los arcos sufrió un aparatoso incendio que la redujo a cenizas, a “excepción de las paredes y de una corta pieza de alcoba de las habitaciones vajas”. En 26 de septiembre del mismo año de 1799 se contrató su reedificación con el maestro de obras Ignacio de Zabala Oguen, tasándose en 50.000 reales, es decir, casi la misma cantidad que había costado edificarla unos 30 atrás.

Entre las condiciones constaba que debería entregarse a primero de noviembre del año inmediato, pero a Zabala se le presentaron algunos problemas para conseguir los materiales y contratar oficiales, razón por la que solicitó un retraso en la entrega. Como el Ayuntamiento tenía la caja vacía no le supuso incomodidad alguna posponerla y, de esta manera, acordaron que se entregarían las llaves hacia el fin de junio de 1801.

Algunas mejoras que se plantearon a posteriori alargaron aún más la conclusión, pues se añadieron dos alcobas en el camarote de la casa por considerarse necesarias para el servicio de la habitación principal y también se hicieron modificaciones en todas las habitaciones.

El visto bueno de fin de obra, dado en 23 de marzo de 1803, corrió a cargo del maestro de obras portugalujo Miguel José de Maruri.

La renta que dio desde el primer año se valoraba en 3.000 reales, convirtiéndose para la villa en el tercer ingreso en importancia después de la sisa del vino clarete y del derecho de escala del pescado.

 

Posiblemente el incendio que había destrozado la casa de los arcos también afectó a la casa contigua que, como hemos visto antes, poseían los Salazar. El hecho es que el solar en que aquella se levantaba se encontraba vacío y, como la villa seguía necesitando nuevas viviendas, pretendió que se edificase, bien por su propietario o bien asumiendo ella misma el coste. En consecuencia, se mandó al escribano Clemente de Urioste que diese parte a Saturnino Antonio de Salazar de que si en un tiempo determinado no construía, lo haría por él la misma villa, pagándole el valor del terreno. Para sostener esta pretensión Portugalete se valía de una Real Provisión dada en su favor en Madrid, a fecha 21 de abril de 1784, por la que podría apremiar a los dueños de solares “yermos” a que edificasen en ellos o que, en su defecto, pudiera hacerlo cualquier otro vecino pagando su valor en contado o a censo redimible. Según se deduce de lo indicado, y aunque no se hallan noticias al respecto, lo más probable es que el edificio colindante a la casa de los arcos se construyese en estos años de comienzos del XIX.

 

Llegados al mes de abril del año 1806 observamos que se dio un nuevo uso a la casa de los arcos, o más concretamente a su parte inferior. Este año se acantonó en Portugalete el regimiento de Asturias y, para acomodar a sus tropas, se habilitó la casa Ayuntamiento y el edificio de la alhóndiga. La necesidad de despejar este último de todos los géneros que se depositaban en él obligó a buscar un lugar alternativo y, no hallándose otro mejor, se colocaron en el arco o pasadizo que hoy día se conoce como de Vallecilla y que entonces era popularmente conocido como “el tejadillo”, el cual fue preciso acondicionar. Con este fin se cerró, y se pusieron guardias para que nadie pudiese robar el grano. Valiéndose de esta circunstancia se pensó en la posibilidad de unirlo al piso superior y “agregarla a la habitazión que se corresponde con ella”, obra que se enfrentaba a la férrea oposición del gremio de mareantes, que decía tener derecho a refugiarse en el tejadillo y a emplearlo para custodiar el aparejo de las chalupas, algo que venían haciendo tiempo atrás.  

En esta ocasión los regidores de Portugalete hicieron frente a la demanda recopilando toda la amplia documentación que se había acumulado para el pleito mantenido con Francisco Antonio de Salazar, mediante la cual se demostró fehacientemente que la Cofradía no tenía ningún derecho sobre el tejadillo y, acto seguido, encargó que se elaborase un proyecto con la idea de cerrarlo y unirlo a la casa. Curiosamente el alcalde a quien correspondió dirigir y llevar adelante todo este proceso fue Saturnino Antonio de Salazar, hijo del antes citado Francisco Antonio, quien aprobó la idea aunque sin renunciar a sus supuestos derechos, pues el viejo pleito sobre el solar de la casa de los arcos seguía sin sentenciarse. Cabe imaginar que ambas partes  preferían mantenerlo en suspenso antes que arriesgarse a un posible veredicto en contra.

 

En la actualidad la casa de los arcos es el edificio con el número 1 de la calle Santa María, donde se halla la sede de SURPOSA.

Goio.

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Publicado por negrodehumo @ 22:21  | LUGARES
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Publicado por Invitado
Jueves, 04 de abril de 2013 | 1:17

Hola Goio;

Me llamo Jose Antonio Pastor, estoy abordando la escritura de una novela cuyo primer tercio transcurre en Portugalete desde 1842 a 1857 y necesitaría hacerte, si es posible, unas preguntas.

mi correo es:[email protected]

Gracias.

 

Publicado por monicaaraujo
Lunes, 19 de septiembre de 2016 | 20:06

Puff preciosa casa